Sabiduría que clama

Todos resucitaremos

 

“¡Qué! ¿Se juzga entre vosotros cosa increíble que Dios resucite a los muertos?”

(Hechos 26:8)

Nosotros creemos con absoluta certeza que el propio cuerpo que es depositado en la tumba resucitará, y tenemos la intención de decirlo literalmente, tal como lo enunciamos. No estamos usando el lenguaje de la metáfora o hablando de un mito. Creemos que es un hecho real que los cuerpos de los muertos resucitarán de su tumba. Admitimos—y nos regocijamos en ese hecho—que el cuerpo del varón justo experimentará un gran cambio; que su componente material habrá perdido la tosquedad y la tendencia a la corrupción que ahora lo caracteriza; que estará adaptado para propósitos más excelsos, pues, si bien ahora es sólo una vivienda apta para el alma o para las facultades intelectuales inferiores, estará adaptado entonces para el espíritu o para la parte más excelsa de nuestra naturaleza; nos regocijamos porque aunque sea sembrado en debilidad, será resucitado en poder; aunque sea sembrado en deshonra, resucitará en gloria; sin embargo, nosotros sabemos que será el mismo cuerpo. El mismísimo cuerpo que es depositado en la tumba habrá de resucitar. Existirá una absoluta identidad entre el cuerpo en que morimos y el cuerpo en que resucitamos del polvo. Pero debe recordarse que la identidad no es lo mismo que la absoluta igualdad de la sustancia y de la continuidad de los átomos. Nosotros no mencionamos en absoluto este matiz con el propósito de suprimir el filo de nuestro enunciado, sino simplemente porque es cierto. De hecho, estamos conscientes de que estamos viviendo en los mismos cuerpos que poseíamos hace veinte años; con todo, se nos dice —y no tenemos ninguna razón para dudarlo— que talvez ni una sola partícula de la materia que constituye ahora nuestro cuerpo estaba en él hace veinte años. Los cambios que han experimentado nuestros cuerpos físicos desde la infancia son muy grandes y, con todo, tenemos los mismos cuerpos. Todo lo que les pedimos es que admitan una identidad semejante en la resurrección. Todo el mundo admite que el cuerpo con el que morimos seguirá siendo el mismo cuerpo con el que nacimos, aunque ciertamente no es el mismo en todas sus partículas; es más, cada una de las partículas pudiera haber sido sustituida, y con todo, seguirá siendo el mismo. Entonces el cuerpo con el que resucitemos será el mismo cuerpo con el que morimos. Será cambiado grandemente, pero esos cambios no serán de un tipo que afecte su identidad. Ahora bien, en vez de declarar esto con el objeto de hacer que la doctrina se muestre más creíble, yo les aseguro que si viera que la Escritura enseña que cada fragmento de hueso, carne, músculo y nervio que depositamos en la tierra habrá de resucitar, yo lo creería con la misma facilidad con la que acepto ahora la doctrina de la identidad del cuerpo de la manera que acabo de declararlo.

 

No estamos deseosos en absoluto de hacer que nuestras creencias parezcan filosóficas o probables. ¡Nada de eso! No pedimos que los hombres digan: “Eso puede ser sustentado por la ciencia.” Que los científicos se sujeten a su propia esfera, y nosotros nos sujetaremos a la nuestra. La doctrina que enseñamos no ataca a la ciencia humana, ni le teme, ni la adula, ni le pide su ayuda. Nosotros proseguimos en un terreno muy diferente cuando usamos las palabras del pasaje, y preguntamos: “¿Por qué se juzga cosa increíble que Dios resucite a los muertos?” Esperamos una resurrección de los muertos, tanto de los justos como de los injustos. Tenemos la firme convicción de la literal resurrección del cuerpo humano. Ahora bien, esta esperanza está rodeada naturalmente de muchas dificultades, porque, antes que nada, la gran mayoría de los muertos ha experimentado la putrefacción. La gran mayoría de los cadáveres se ha podrido y se ha disuelto por completo, y una sustancial proporción de todos los otros cadáveres probablemente la seguirán. Cuando vemos cuerpos que han quedado petrificados, o momias que han sido embalsamadas, pensamos que si todos los cuerpos fueran preservados de esa manera, sería más fácil creer en su restauración a la vida; pero cuando abrimos algunos antiguos sarcófagos, y no encontramos allí otra cosa que un polvo café casi impalpable, cuando abrimos una tumba en el cementerio de la iglesia y sólo encontramos unos trozos de huesos pulverizados, y cuando pensamos en los antiguos campos de batalla donde cayeron miles de combatientes, donde, no obstante, con el paso de los años no queda ahí ningún rastro de seres humanos puesto que los huesos se han fundido completamente con la tierra, y en algunos casos han sido absorbidos por las raíces y las plantas y han pasado a otros organismos, parece ciertamente algo increíble que los muertos resuciten. Además, los cadáveres han sido destruidos con cal viva, han sido quemados, devorados por las bestias, e incluso han sido comidos por los propios seres humanos, entonces, ¿cómo resucitarán esos cadáveres? Piensen en cuán ampliamente difundidos están los átomos que una vez constituyeron formas vivientes. ¿Quién sabe dónde pudieran estar ahora los átomos que una vez constituyeron a Ciro, a Aníbal, a Escipión o a César? Partí- culas que una vez estuvieron unidas a lo largo de la vida de un hombre pudieran estar ahora esparcidas ampliamente y estar tan distantes como los polos; un átomo pudiera estar sobrevolando a través del Sahara y otro pudiera estar flotando en el Pacífico. ¿Quién sabe, en medio de las revoluciones de los elementos de este globo, dónde pudieran estar en este momento los componentes esenciales de algún cuerpo dado? ¿Dónde está el cuerpo de Pablo, de Festo, el que lo envió a Roma, o del emperador que lo condenó a muerte? ¿Quién podría adivinar siquiera una respuesta? No ha de sorprendernos, entonces, que parezca algo increíble que todos los hombres vayan a resucitar. La dificultad se incrementa cuando nos ponemos a reflexionar en el hecho de que la doctrina de la resurrección enseña que todos los hombres resucitarán; no sólo un cierto segmento de la raza, no sólo unos cuantos miles de personas, sino todos los hombres. Podría ser más fácil creer que un Elías resucite a un muerto ocasionalmente, o que Cristo llame de nuevo a la vida a un joven a las puertas de Naín, o que resucite a Lázaro, o que diga: “Talita cumi,” a una niña muerta; pero es difícil que la razón acepte la doctrina de que todos resucitarán, las miríadas de seres antediluvianos, las multitudes de Nínive y Babilonia, las huestes de Persia, los millones que fueron en pos de Jerjes, los ejércitos que marcharon con Alejandro y todos los incontables millones de seres que sucumbieron bajo la espada de Roma. Piensen en las miríadas de individuos que han muerto en países como China, que constituye un hervidero de hombres, e imagínense esos números a lo largo de seis mil años acrecentando el suelo. Recuerden a los que han muerto en naufragios, por las plagas, por los terremotos, y, lo peor de todo, por el derramamiento de sangre y por guerras y recuerden que todas esas personas resucitarán sin ninguna excepción; ni una sola mujer nacida dormirá para siempre, sino que todos los cuerpos que han tenido aliento de vida y que han recorrido esta tierra, vivirán de nuevo. “Oh, cuán monstruoso milagro”— dice alguien—“guarda el aspecto de algo inaceptable.” Bien, no vamos a disputar la declaración, sino que aportaremos todavía más razones al respecto. El asombro aumenta cuando recordamos los extraños lugares en que pudieran estar ahora muchos de esos cadáveres, pues los cuerpos de muchos han quedado en profundas minas de donde nunca podrán ser recuperados. Han sido arrastrados por el flujo y las crecidas de las mareas hacia cuevas profundas del antiguo océano. Otros permanecen en el lejano yermo desprovisto de senderos donde sólo el ojo del buitre puede verlos, o quedaron enterrados bajo montañas de rocas desprendidas. De hecho, ¿dónde no hay restos de cuerpos humanos? ¿Quién podría señalar algún punto de la tierra donde no esté el polvo disuelto de los hijos de Adán? ¿Sopla un solo viento veraniego en nuestras calles sin que arremoline partículas de lo que antes fue un ser humano? ¿Hay una sola ola que rompa en cualquier costa que no contenga en solución alguna reliquia de lo que una vez fue un ser humano? Yacen bajo cada árbol, enriquecen los campos, contaminan los arroyos, se esconden bajo el pasto de los prados; con todo, desde cualquier parte, de todas partes, los cuerpos esparcidos ciertamente retornarán, tal como Israel volvió de su cautividad. Tan ciertamente como Dios es Dios, nuestros muertos vivirán, y se pondrán de pie, y conformarán un ejército grande en extremo.

Podría parecer increíble que los muertos resuciten, pero ¿por qué debería parecer increíble que Dios, el Todopoderoso, el Infinito, resucite a los muertos? Si admiten que Dios existe, no queda ninguna dificultad. Si admiten que Dios es, y que es omnipotente; si admiten que Él ha dicho que los muertos resucitarán, la creencia deja de ser difícil y se torna inevitable. Tanto la imposibilidad como la incredulidad se desvanecen en la presencia de Dios. Yo creo que esta es la única manera como las dificultades de la fe han de ser enfrentadas: no sirve de nada acudir a la razón en busca de armas en contra de la incredulidad, pues la Palabra de Dios es la verdadera defensa de la fe. Es insensato edificar con madera y paja cuando están disponibles unas sólidas piedras. Si mi Padre celestial hace una promesa o revela una verdad, ¿no he de creerle si no he consultado a los filósofos al respecto? ¿Acaso la palabra de Dios es verdadera sólo cuando la razón finita la aprueba? Después de todo, ¿acaso el juicio del hombre es la conclusión definitiva, y la palabra de Dios ha de ser aceptada únicamente cuando podemos ver por nosotros mismos, y por tanto, cuando no tenemos ninguna necesidad de una revelación? Desechemos ese espíritu. Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso. No titubeamos cuando los sabios se burlan de nosotros, sino que nos basamos completamente en: “Así dice el Señor.” Una palabra de Dios pesa más para nosotros que toda una biblioteca de tradiciones humanas. Para el cristiano, que el propio Dios lo haya dicho, desplaza a cualquier otra razón. Nuestra lógica es: “Dios lo ha dicho,” y esa es también nuestra retórica. Si Dios declara que los muertos resucitarán, eso no es algo increíble para nosotros. La palabra ‘dificultad’ no se encuentra en el diccionario de la Deidad. ¿Hay para Dios alguna cosa difícil? Amontonen dificultades, si quieren, hagan la doctrina más y más difícil de comprender para la razón, pero en tanto que no contenga contradicción o inconsistencia evidentes, nosotros nos regocijamos por tener la oportunidad de creer grandes cosas respecto al Grandioso Dios. Cuando Pablo pronunció nuestro texto, le estaba hablando a un judío, pues se estaba dirigiendo a Agripa, a alguien a quien le pudo decir: “¿Crees, oh rey Agripa, a los profetas? Yo sé que crees.” Por tanto, utilizó un buen razonamiento con Agripa cuando le preguntó: “¿Se juzga entre vosotros cosa increíble que Dios resucite a los muertos?,” pues, primero, siendo judío, Agripa contaba con el testimonio de Job: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí.” Tenía también el testimonio de David, quien dice en el Salmo dieciséis: “Mi carne también reposará confiadamente.” Contaba con el testimonio de Isaías, registrado en el capítulo veintiséis, en el versículo diecinueve: “Tus muertos vivirán; sus cadáveres resucitarán. ¡Despertad y cantad, moradores del polvo!, porque tu rocío es cual rocío de hortalizas, y la tierra dará sus muertos.” Tenía el testimonio de Daniel, en su capítulo doce, y versículos dos y tres, donde el profeta dice: “Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua. Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad.” Y luego también en Oseas 13: 14, Agripa tenía otro testimonio donde el Señor declara: “De la mano del Seol los redimiré, los libraré de la muerte. Oh muerte, yo seré tu muerte; y seré tu destrucción, oh Seol; la compasión será escondida de mi vista.” Entonces, en las Escrituras del Antiguo Testamento Dios había prometido claramente la resurrección, y eso debería bastarle a Agripa. Si el Señor lo ha dicho, ya no existe la menor duda. Como cristianos, nosotros hemos recibido una evidencia todavía más plena. Recuerden cómo habló nuestro Señor con respecto a la resurrección: sin contener el aliento declaró Su intención de resucitar a los muertos. Notable es ese pasaje que se encuentra en Juan 5:28: “No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.” Y también en el capítulo 6:40: “Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.” El Espíritu Santo ha declarado la misma verdad por medio de los apóstoles. En el precioso y sumamente bendito capítulo octavo de Romanos, tenemos un testimonio en el versículo once: “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.” Acabo de leerles ahora el pasaje de la primera Carta a los Tesalonicenses, que rebosa verdad, donde se nos pide que no nos aflijamos como aquellos que están sin esperanza; y pueden encontrar en Filipenses, en el tercer capítulo y versículo 21, otra prueba: “El cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas. No necesito recordarles aquel grandioso capítulo de sólidos argumentos, el capítulo decimoquinto de Corintios. Más allá de toda duda, el testimonio del Espíritu Santo es que los muertos resucitarán; y admitiendo que hay un Dios Todopoderoso, no encontramos ninguna dificultad en aceptar la doctrina y en abrigar una bendita esperanza.

~Charles Spurgeon

Extracto del sermón: La credibilidad de la resurrección

La ley de Dios es superior a la ley humana
El resultado de no creer en Jesús

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